- Puedo entender que un samurai quiera prosperar. Yo misma deseo hacerlo, y honrar así a mi clan y a mis ancestros. Pero rezaré cada día a las Fortunas para no pecar de exceso de ambición. Nada me dolería más que aspirar a un honor que no me corresponde en el orden celestial, únicamente cegada por la codicia. Quiero que todo lo que logre, lo logre por merecimiento, y por ello soy consecuente. Me esforzaré al máximo y al menos, si no triunfo, sabré que he hecho cuanto he podido por conseguirlo, y que no estaba destinada a ocupar el puesto al que aspiraba - meditó, casi más para sí misma que para la Miya. En sus palabras había determinación, pero también eran fruto de largas reflexiones. Algo que, a primera vista, parecía incoherente con la apariencia frugal y algo frívola de la bailarina -. Espero que guardéis gratos recuerdos de vuestra estancia en la tierra de mi clan, mi señora.
La imperial asintió dando a entender que así era. Si bien sus maneras eran eminentemente Miya, su estancia en tierras Grulla la formó como shugenja y como cortesana.
-Fui enviada por mi señor, Miya Yoto-dôno. Y allí me forjaron de la forma que soy ahora. Estaré siempre agradecida al Bello Clan; no obstante, ahora mi deber es el de mantenerme imparcial, más si cabe de lo habitual. Las negociaciones de paz lo requieren, y así será.