Había avisado a todos los miembros de mi clan, a excepción de los más humildes ji-samurai y a los más altos dirigentes. Estos habían recibido una misiva protocolaria, donde se hacía el ofrecimiento a acudir, pero que era más una formalidad que una invitación en toda regla. Para el resto, más que una invitación era una orden que cumplir dictada por el mismísimo clan.
No había nada superfluo ni lujoso en la sala donde se iba a producir tal encuentro: espartano era el adjetivo que había pensado para esta reunión, y presidía sobre el tatami, en el centro de todos nosotros, un kanji que llevaba haciendo toda la mañana:

